David Copperfield
David Copperfield –No me cabe la menor duda, Veintiocho –respondió su interlocutor–, de que el caballero del que habla se siente muy conmovido (como debemos sentirnos todos) por sus bondadosas palabras. No queremos retenerle más.
–Gracias, señor –dijo Littimer–. Caballeros, les deseo muy buenos dÃas; y espero que ustedes y sus familias comprendan también sus pecados y se enmienden.
Con estas palabras, el número Veintiocho se retiró después de intercambiar una mirada con Uriah; como si no fueran totalmente desconocidos el uno para el otro, gracias a algún medio de comunicación. Y, cuando la puerta de la celda se cerró tras él, todos los presentes murmuraron que era un hombre muy respetable y un caso magnÃfico.
–Y ahora, Veintisiete –dijo el señor Creakle, entrando en escena con su hombre, al ver que Littimer la habÃa dejado libre–, ¿hay algo que podamos hacer por usted? De ser asÃ, dÃgalo.
–QuerrÃa pedir humildemente permiso, señor –respondió Uriah, mientras su maligna cabeza daba un respingo–, para escribir de nuevo a mi madre.
–Le será concedido, por supuesto –exclamó el señor Creakle.
–¡Gracias, señor! Me preocupa mi madre. Creo que corre peligro.