David Copperfield
David Copperfield Algún incauto preguntó peligro de qué; pero se oyó un escandalizado «¡Chitón!».
–Peligro de condenarse, señor –repuso Uriah, retorciéndose en dirección a la voz–. Me gustarÃa que mi madre alcanzara el mismo estado que yo. Pero yo no lo habrÃa conseguido si no hubiera venido aquÃ. ¡Ojalá hubiesen traÃdo también a mi madre! SerÃa una suerte para todo el mundo ser detenido y venir a este lugar.
Esta declaración fue recibida con infinita satisfacción; la más grande, en mi opinión, que los presentes habÃan experimentado hasta entonces.
–Antes de venir –dijo Uriah, mirándonos de soslayo (como si hubiera querido destruir el mundo exterior al que nosotros pertenecÃamos)–, cometà toda clase de locuras; pero ahora soy consciente de ellas. Todos pecan en el exterior. Mi madre es una gran pecadora. El pecado está en todas partes… excepto aquÃ.
–¿Está usted completamente cambiado? –inquirió el señor Creakle.
–¡Oh, sÃ, señor! –respondió el esperanzado penitente.
–Si saliera de este establecimiento, ¿volverÃa a las andadas? –preguntó uno de los visitantes.
–¡Oh, Dios mÃo! ¡No, señor!