David Copperfield

David Copperfield

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No advertí jamás el menor cambio en sus sentimientos. Seguía siendo conmigo exactamente la misma de siempre.

Desde la noche de mi llegada a Dover, mi tía y yo no habíamos vuelto a hablar del asunto. Y no creo que fuera por falta de confianza, ni porque quisiéramos evitarlo; era como si los dos supiéramos que pensábamos lo mismo, pero no quisiéramos expresarlo con palabras. Cuando, siguiendo nuestra vieja costumbre, nos sentábamos por las noches junto al fuego, era frecuente que nuestras meditaciones siguieran idéntico curso; y era algo tan natural, y lo percibíamos con tanta claridad como si lo hubiéramos comentado abiertamente. Pero guardábamos silencio. Creo que mi tía había leído, al menos en parte, mis pensamientos aquella noche; y comprendía muy bien por qué los ocultaba.

Llegó la Navidad y, como Agnes no me había hecho ninguna confidencia, me asaltó varias veces una duda que empezó a obsesionarme: ¿se habría dado cuenta de mis verdaderos sentimientos y callaría para no hacerme sufrir? De ser así, mi sacrificio resultaba inútil, no había cumplido ni el más elemental de mis deberes con ella, y estaba continuamente incurriendo en la actitud despreciable que había querido evitar. Decidí aclarar de una vez por todas el asunto; si se interponía una barrera entre nosotros, la derribaría con mano enérgica.


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