David Copperfield
David Copperfield Era (¡y tengo buenas razones para recordarlo!) un dÃa muy frÃo del crudo invierno. HabÃa nevado unas horas antes; y el suelo estaba cubierto de un manto de nieve, no muy espeso pero a medio helar. Desde mi ventana, veÃa cómo mar adentro soplaba tempestuoso el viento del norte. HabÃa estado imaginando su paso por las grandes extensiones de nieve de las montañas suizas, entonces inaccesibles al hombre; y me habÃa preguntado qué soledad serÃa mayor, la de aquellas regiones solitarias o la del desierto océano.
–¿Vas a salir hoy, Trot? –quiso saber mi tÃa, asomando la cabeza por la puerta.
–Sà –contesté–. Quiero ir a Canterbury. Es un buen dÃa para cabalgar.
–Espero que tu caballo piense lo mismo –dijo ella–; pero en estos momentos está delante de la puerta, con la cabeza y las orejas gachas, como si prefiriera quedarse en el establo.
He de añadir que mi tÃa dejaba a mi caballo acceder al terreno prohibido, pero seguÃa igual de implacable con los burros.
–¡En seguida espabilará! –exclamé.
–De todos modos, el paseo le sentará bien a su amo –señaló mi tÃa, echando una mirada a los papeles que habÃa en la mesa–. ¡Ay, hijo! ¡Pasas muchas horas aquÃ! Jamás pensé, cuando leÃa libros, que costara tanto escribirlos.