David Copperfield
David Copperfield –A veces tampoco es fácil leerlos –repuse–. En cuanto a escribirlos, le aseguro que tiene sus encantos, tÃa.
–¡SÃ! ¡Lo comprendo! –dijo ella–. La ambición, el amor al aplauso, la simpatÃa y muchas otras cosas, supongo. ¡Vamos, vete de una vez!
Me dio un golpecito cariñoso en el hombro y yo me levanté.
–¿Sabe algo más –pregunté con la mayor tranquilidad, mientras ella se sentaba en mi silla– de los amores de Agnes?
Me miró unos instantes antes de responder:
–Creo que sÃ, Trot.
–Su impresión, ¿se ha confirmado? –inquirÃ.
–En efecto, Trot.
Me miró tan fijamente, como si vacilara o sintiera pena, que hice acopio de todas mis energÃas para adoptar un semblante dichoso.
–Y lo que es más, Trot… –prosiguió ella.
–¿SÃ, tÃa?
–Creo que Agnes va a contraer matrimonio.
–¡Que Dios la bendiga! –exclamé, alegremente.
–¡Que Dios la bendiga! –repitió mi tÃa–. ¡Y a su marido también!