David Copperfield
David Copperfield Me hice eco de su deseo y, tras despedirme de ella, bajé con paso ligero las escaleras, subí al caballo y me alejé. Ahora tenía una razón de más para hacer lo que me había propuesto.
¡Qué bien recuerdo aquella cabalgada invernal! Los pedazos de hielo que el viento arrancaba a las briznas de hierba y arrojaba contra mi rostro; el estrépito de los cascos del caballo sobre el suelo; las heladas tierras de labranza; la nieve que se arremolinaba en la cantera de creta empujada por la brisa; el tiro humeante de los carros de heno que se detenían a descansar en lo alto de la colina mientras agitaban armoniosamente sus cencerros; las laderas nevadas y los caminos serpenteantes de las colinas, que se recortaban sobre el cielo sombrío como una enorme pizarra.
Encontré sola a Agnes. Sus pequeñas alumnas estaban de vuelta en sus hogares y ella leía junto al fuego. Dejó el libro al verme entrar y, después de recibirme con su habitual afabilidad, cogió el cesto de las labores y se sentó en el vano de una de las viejas ventanas.
Tomé asiento a su lado y nos pusimos a hablar del libro que estaba escribiendo, de cuándo lo terminaría, y de cuánto había adelantado desde mi última visita. Agnes estaba muy alegre, y predijo entre risas que pronto sería demasiado famoso para que nadie osara hablarme de semejantes temas.