David Copperfield
David Copperfield –Por eso aprovecho todo lo que puedo ahora –señaló– para preguntarte por ellos.
Mientras contemplaba su hermoso rostro, inclinado sobre la labor, ella levantó sus dulces ojos claros y se dio cuenta de que la miraba.
–¡Estás muy pensativo hoy, Trotwood!
–¿Quieres saber el motivo, Agnes? He venido a explicártelo.
Dejó a un lado su labor, como hacÃa siempre que discutÃamos algún asunto importante; y me prestó toda su atención.
–Mi querida Agnes, ¿tienes alguna duda de mi lealtad hacia ti?
–¡No! –respondió sorprendida.
–¿Tienes alguna duda de que yo no sea lo que siempre fui para ti?
–¡No! –contestó de idéntico modo.
–¿Recuerdas, queridÃsima Agnes, lo que intenté decirte cuando regresé a Inglaterra, y mencioné la deuda de gratitud que tenÃa contigo y el ferviente cariño que me inspirabas?
–Lo recuerdo muy bien –dijo dulcemente.
–Sé que tienes un secreto, Agnes –exclamé–. Déjame compartirlo contigo.
Ella bajó los ojos, y empezó a temblar.