David Copperfield

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–No he podido evitar darme cuenta, aunque no me lo hayas contado tú, Agnes, lo que me parece extraño… sino otros labios que no son los tuyos, de que existe un hombre en el que has depositado el tesoro de tu amor. ¡No me dejes al margen de algo tan ligado a tu felicidad! Si puedes confiar en mí, como acabas de decir, y como sé que puedes hacer, ¡déjame ser tu amigo y tu hermano, sobre todo en este asunto!

Con una mirada de súplica, y casi de reproche, Agnes se alejó de la ventana; y, cruzando a toda prisa la sala, como si no supiera dónde iba, ocultó la cara entre las manos y estalló en un llanto que me partió el alma.

Pero sus lágrimas despertaron en mi corazón una promesa de felicidad. Sin comprender por qué, se asociaron en mi pensamiento con la sonrisa triste y serena que yo tenía tan grabada en la memoria, y me infundieron más esperanzas que dolor o miedo.

–¡Agnes! ¡Hermana! ¡Querida! ¿Qué es lo que he hecho?

–Déjame marchar, Trotwood. No me encuentro bien. No soy yo misma. Te lo contaré… en otra ocasión. Te escribiré. ¡Pero no me hables ahora! ¡No! ¡No!

Traté de recordar lo que ella me había dicho aquella otra noche: que su cariño no necesitaba ser correspondido. Sentí como si hubiera un mundo que tuviese que atravesar en un instante.


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