David Copperfield
David Copperfield –Agnes, no puedo soportar verte en este estado, y pensar que soy el culpable. Mi querida Agnes, eres lo que más quiero en este mundo y, si eres desdichada, déjame serlo contigo. Si necesitas ayuda o consejo, deja que intente ayudarte. Si tienes un peso en el corazón, deja que trate de aligerarlo. ¡Para quién vivo yo ahora, Agnes, si no es para ti!
–¡Déjame, Trot! ¡No soy yo misma! ¡En otra ocasión! –fue cuanto pude entender.
¿Era un error egoÃsta lo que me empujaba? O, al ver un atisbo de esperanza, ¿se abrÃa ante mà algo en lo que no me habÃa atrevido a pensar?
–Espera, he de añadir algo. ¡No puedo consentir que te vayas asÃ! Por amor de Dios, Agnes, ¡que no haya un malentendido entre nosotros después de todos estos años y de cuanto ha ocurrido en ellos! Hablaré con claridad. Si tienes algún temor de que pueda envidiar la felicidad que vas a procurar, de que no sepa dejarte en manos de un protector más querido y de tu elección, de que sea incapaz de ser un feliz testigo de tu alegrÃa, será mejor que destierres esos pensamientos, ¡pues no me hacen justicia! Mis sufrimientos no han sido en vano. No existe el menor egoÃsmo en el cariño que siento por ti.
Agnes se habÃa tranquilizado. Volvió su pálido rostro hacia mÃ, y me susurró con una voz entrecortada por la emoción, pero muy clara: