David Copperfield
David Copperfield –Tu amistad por mÃ… de la que no dudo… me obliga a decirte que estás equivocado. Es lo único que puedo hacer. Si alguna vez he necesitado ayuda o consejo en el transcurso de los años, me los han dado. Si alguna vez he sido desgraciada, mi tristeza se ha disipado. Si alguna vez he tenido un peso en el corazón, alguien lo ha aligerado. Si tengo un secreto… no es nuevo; y no se trata… de lo que tú crees. No puedo revelarlo, ni compartirlo. Es mÃo desde hace mucho tiempo, y ¡debe seguir siéndolo!
–¡Agnes! ¡Espera! ¡Un momento!
Ella se marchaba, pero yo la retuve. Rodeé su talle con mi brazo. «¡En el transcurso de los años!» «¡No es nuevo!» Mi cerebro era un torbellino de nuevos pensamientos y esperanzas, y todos los colores de mi vida estaban cambiando.
–¡QueridÃsima Agnes! A la que tanto respeto y admiro… ¡y a la que tanto amo! Cuando hoy llegué aquÃ, creà que nada en el mundo serÃa capaz de arrancarme esta confesión. Creà que podrÃa esconderla en mi pecho hasta que fuéramos ancianos. Pero, Agnes, si pudiera abrigar alguna nueva esperanza de poder llamarte algún dÃa algo más que hermana, ¡algo muy diferente!
Las lágrimas corrÃan por sus mejillas; pero eran muy distintas de las que habÃa derramado antes, y vi brillar en ellas mi esperanza.