David Copperfield

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–Y jamás tuvimos la menor discusión, excepto cuando el señor Copperfield me reprochaba que mi tres y mi cinco se parecían demasiado o que terminaba muy curvados el siete y el nueve –aseguró mi madre, antes de volver a estallar en llanto.

–Acabará poniéndose enferma –afirmó la señorita Betsey–. Y ya sabe que eso no le conviene ni a usted ni a mi ahijada. ¡Vamos! ¡Séquese las lágrimas!

Este argumento ayudó a tranquilizar a mi madre, aunque es posible que su creciente indisposición tuviera también mucho que ver con ello. Siguieron unos momentos de silencio, únicamente interrumpidos por los ocasionales «¡Ajá!» de la señorita Betsey, que continuaba sentada con los pies apoyados en la pantalla de la chimenea.

–Tengo entendido que David se había asegurado una renta anual –dijo más tarde–. ¿En qué situación la ha dejado?

–El señor Copperfield –respondió mi madre casi sin fuerzas– tuvo la consideración y la bondad de poner una parte de esa renta a mi nombre.

–¿Qué cantidad? –inquirió la señorita Betsey.

–Ciento cinco libras anuales.

–Podría haberlo hecho peor –comentó mi tía.


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