David Copperfield

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Aquella última palabra no podía ajustarse más al momento, pues mi madre empeoró de tal modo que Peggotty, nada más entrar con la bandeja del té y con las velas, se percató de lo mal que estaba –tal como habría hecho la señorita Betsey de haber tenido luz suficiente– y se apresuró a conducirla a su habitación del piso superior. Envió inmediatamente a su sobrino Ham Peggotty –que llevaba varios días en la casa sin que mi madre lo supiera, a fin de servir de mensajero en caso de emergencia– a buscar a la matrona y al médico.

Cuando estos poderes aliados llegaron con unos minutos de diferencia, se quedaron bastante perplejos al encontrar a una dama desconocida, de aspecto imponente, sentada junto a la chimenea con el sombrero atado alrededor del brazo izquierdo y los oídos taponados con algodón. Como Peggotty no sabía de quién se trataba y mi madre tampoco había aclarado su identidad, su presencia en el gabinete era todo un misterio; y el hecho de que llevara en el bolsillo un almacén de algodón y de que lo introdujera en sus oídos de aquel modo no restaba un ápice de solemnidad a su figura.





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