David Copperfield

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El médico, que había subido al piso de arriba y había vuelto a bajar, tomó la decisión –probablemente ante la perspectiva de pasar varias horas sentado frente a aquella desconocida– de mostrarse amable y educado. Era el hombre más pacífico de su sexo, el más dulce y menudo. Entraba y salía de la estancia de costado para ocupar menos espacio. Caminaba con la misma suavidad que el fantasma de Hamlet, e incluso más despacio. Llevaba la cabeza ladeada, no sólo por modestia sino también para agradar a los demás. Era incapaz de insultar a un perro, aunque estuviera rabioso. Todo lo más, le habría dedicado una palabra cariñosa, o media, o ni siquiera eso –pues hablaba con la misma lentitud con la que se movía–, y, por nada del mundo, le habría tratado con rudeza.

El señor Chillip miró a mi tía con la cabeza ladeada y le hizo una ligera reverencia.

–¿Alguna molestia, señora? –preguntó, mientras se tocaba suavemente el oído izquierdo.

–¿Qué? –repuso mi tía, quitándose uno de los algodones como si fuera un corcho.

El señor Chillip se asustó tanto de su brusquedad, según relató después a mi madre, que fue una suerte que no perdiera su presencia de ánimo.

–¿Alguna molestia, señora? –repitió con dulzura.


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