David Copperfield
David Copperfield –¡Qué tonterÃa! –contestó la señorita Betsey, antes de volver a colocarse el algodón.
Lo único que le quedó por hacer al señor Chillip fue sentarse y observar tÃmidamente a mi tÃa, mientras ésta contemplaba el fuego, hasta que volvieron a requerir su presencia en el piso superior. Tras ausentarse alrededor de un cuarto de hora, regresó al gabinete.
–¿Y bien? –dijo la señorita Betsey, destaponándose el oÃdo más cercano al señor Chillip.
–Progresamos lentamente, señora –aseguró el doctor.
–¡Bah! –exclamó mi tÃa con desdén, al tiempo que volvÃa a colocarse el algodón.
El señor Chillip le contó a mi madre que, desde el punto de vista profesional, se habÃa sentido verdaderamente escandalizado. Pero tomó asiento, a pesar de todo, y estuvo contemplando a la señorita Betsey durante casi dos horas mientras ella miraba el fuego. Después de otra ausencia, regresó de nuevo.
–¿Y bien? –dijo mi tÃa, destaponándose el mismo oÃdo.
–Seguimos progresando, señora, pero muy lentamente…
–¡Bah! –le contestó ella con un gruñido.