David Copperfield
David Copperfield –SÃ, señora –replicó–. Se lo prometà a Emily antes de embarcar. Verán, uno no rejuvenece con el paso de los años y, si no hubiese venido ahora, lo más probable es que no lo hubiera hecho nunca. Y siempre quise volver a Inglaterra para ver al señorito Davy y a su dulce esposa, en su feliz hogar, antes de ser demasiado viejo.
Nos contemplaba como si jamás fuera a cansarse de hacerlo. Agnes apartó riendo algunos mechones grises de su frente para que pudiera vernos mejor.
–Y ahora cuéntenos cómo les ha ido –dije.
–No me llevará mucho tiempo, señorito Davy –respondió–. No somos ricos, pero hemos prosperado. Siempre nos ha ido bien. Hemos trabajado mucho y quizá nuestra vida fue un poco dura al principio, pero siempre nos las hemos arreglado. Entre las ovejas, el ganado, esto y lo otro y lo de más allá, nuestra situación es todo lo desahogada que cabe desear. Es como si hubiera caÃdo sobre nosotros una bendición –exclamó el señor Peggotty, inclinando respetuosamente la cabeza–, y lo único que hemos hecho ha sido prosperar. A la larga, por supuesto. Si no era ayer, hoy; y si no era hoy, mañana.
–¿Y Emily? –preguntamos Agnes y yo al mismo tiempo.