David Copperfield
David Copperfield –Cuando se despidió de ella, señora (y he de decir que, mientras vivimos lejos de la civilización, jamás le oà decir sus plegarias nocturnas, al otro lado de la cortina de lona, sin pronunciar su nombre) –repuso– y los dos perdimos de vista al señorito Davy, aquel luminoso crepúsculo, Emily se hallaba tan apesadumbrada que, si hubiera sabido lo que el señorito Davy tuvo la bondad y el buen juicio de ocultarnos, estoy seguro de que no habrÃa podido soportar el golpe. Pero habÃa a bordo algunas pobres gentes enfermas, y ella las cuidó; y habÃa algunos niños entre nosotros, y ella los cuidó; y estuvo siempre tan atareada que, al ayudar a los demás, se ayudó a sà misma.
–¿Y cuándo se enteró de la noticia? –inquirÃ.
–Estuve casi un año sin decirle nada –explicó el señor Peggotty–. En aquel entonces vivÃamos en un lugar muy solitario, pero rodeados de los árboles más hermosos, y los rosales trepaban hasta nuestro tejado. Un dÃa, mientras yo trabajaba en el campo, llegó un viajero inglés de Norfolk o Suffolk (no recuerdo bien de dónde) y, como es natural, le dimos la bienvenida y le invitamos a entrar en casa a comer y beber. Es algo que hace todo el mundo en aquella colonia. Llevaba con él un viejo periódico y algún otro relato impreso de la tormenta. Y asà fue como se enteró Emily. Cuando regresé a casa por la noche, descubrà que ya lo sabÃa.