David Copperfield
David Copperfield Bajó la voz mientras decÃa estas palabras, y volvà a ver en su rostro la expresión grave que tan bien recordaba.
–¿Y la noticia le afectó mucho? –preguntamos.
–SÃ, y durante mucho tiempo –respondió, moviendo la cabeza–; por no decir hasta hoy en dÃa. Pero creo que la soledad le sentó bien. Además tenÃa que ocuparse de las aves de corral y de muchas cosas más; y el trabajo la ayudó a salir adelante. Si pudiera ver a mi Emily ahora, señorito Davy, ¡no creo que la reconociese!
–¿Tanto ha cambiado? –inquirÃ.
–No sé. Como la veo todos los dÃas, no puedo decirlo; pero a veces lo pienso. Una mujer delgada –dijo el señor Peggotty, contemplando el fuego–, con aire cansado; de ojos azules, dulces y tristes; semblante delicado; hermosa cabeza, un poco gacha; voz suave y ademanes… casi tÃmidos. ¡Asà es Emily!
Le observamos en silencio mientras él seguÃa contemplando las llamas.