David Copperfield
David Copperfield –Unos creen que tuvo un amor desgraciado; otros, que la muerte rompió su matrimonio. Nadie sabe la verdad. HabrÃa podido casarse infinidad de veces, «pero tÃo –me dice– eso terminó para siempre». Conmigo se muestra alegre; con los demás, reservada. Está dispuesta a recorrer la distancia que sea para enseñar a un niño, cuidar a un enfermo o ayudar a una joven novia (y lo ha hecho a menudo, aunque jamás asiste a la ceremonia). Es tierna y afectuosa con su tÃo, y muy paciente; todos la adoran, jóvenes y viejos, y los que sufren buscan su compañÃa. ¡Asà es Emily!
Se pasó la mano por el rostro y, con un suspiro medio ahogado, levantó la vista del fuego.
–¿Sigue Martha con ustedes? –pregunté.
–Martha se casó, señorito Davy –dijo–, a los dos años de nuestra llegada. Un joven que trabajaba en una granja y que acostumbraba a pasar por nuestra casa cuando se dirigÃa al mercado con los carros de su amo (un viaje de más de quinientas millas, ida y vuelta) la pidió en matrimonio (las mujeres escasean en aquellas tierras) para establecerse con ella en un lugar muy apartado. Martha me suplicó que hablara con él y le contase su verdadera historia. Lo hice. Se casaron y viven a cuatrocientas millas de otras voces que no sean las suyas y las de los pájaros.
–¿Y la señora Gummidge? –exclamé.