David Copperfield

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Había pulsado una tecla muy divertida, pues el señor Peggotty soltó de pronto una carcajada y empezó a restregarse los pantalones con las manos, como hacía siempre que estaba contento en la vieja gabarra que el mar había destrozado tanto tiempo atrás.

–No sé si me creerán –afirmó–. ¡Pero también ella recibió una oferta de matrimonio! ¡Que me aspen si el cocinero de un barco, que iba a convertirse en colono, no le hizo proposiciones! ¡Es justo que lo diga!

Jamás había visto a Agnes reírse tanto. Aquel súbito regocijo del señor Peggotty le pareció tan delicioso que no podía dejar de reírse; y cuanto más se reía, más me hacía reír a mí, y mayor era el alborozo del señor Peggotty que cada vez se restregaba más los pantalones.

–¿Y qué respondió la señora Gummidge? –quise saber, cuando logré serenarme un poco.

–Parece increíble –repuso el señor Peggotty–, pero la señora Gummidge, en lugar de darle las gracias y de decirle que no quería cambiar de estado civil a sus años, cogió un cubo que tenía al lado y lo arrojó en la cabeza del cocinero, que se vio obligado a pedir socorro. ¡Y no tuve más remedio que ir a rescatarlo!

El señor Peggotty estalló de nuevo en carcajadas, y Agnes y yo seguimos su ejemplo.


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