David Copperfield

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El banquete ofrecido en honor de nuestro distinguido conciudadano y compañero de colonización el señor WILKINS MICAWBER, magistrado del distrito de Port Middlebay, se celebró ayer en el salón grande del hotel, donde no cabía un alfiler. Se calcula que al menos cuarenta y siete personas se sentaron a la mesa, además del gentío que llenaba pasillos y escaleras. La belleza, la moda y lo más selecto de Port Middlebay acudieron en tropel a rendir homenaje a un caballero tan justamente apreciado, y de tan reconocida popularidad y valía. El doctor Mell (del Colegio Colonial de Salem-House, en Port Middlebay) presidió la cena, y a su derecha se hallaba el ilustre invitado. Después de quitar los manteles y de cantar el Non Nobis (bellamente ejecutado, y en el que se distinguió con claridad la voz bien timbrada del talentoso aficionado WILKINS MICAWBER, HIJO), se pronunciaron los leales y patrióticos brindis de siempre que fueron recibidos con entusiasmo. El doctor Mell, en un discurso desbordante de emoción, invitó a beber por «nuestro ilustre huésped, ornato de esta ciudad. Para que nunca nos deje, excepto si es para mejorar de situación; ¡y que su éxito sea tan clamoroso entre nosotros que dejarnos resulte imposible!». No hay palabras para describir las aclamaciones que siguieron a este brindis. Se sucedieron unas a otras como las olas del océano. Cuando por fin reinó el silencio, el señor WILKINS MICAWBER se puso en pie para mostrar su agradecimiento. Dada la relativa imperfección de los recursos actuales de nuestro personal, ¡nada más lejos de nuestra intención que seguir a nuestro distinguido conciudadano a través de los períodos armoniosos de su discurso elegante y florido! Será suficiente decir que fue una obra maestra de elocuencia; y que aquellos pasajes en los que evocó de manera especial los inicios de su brillante carrera, y en los que puso en guardia a la parte más joven del auditorio para que no cayera en el error de contraer deudas pecuniarias que no estuviera en condiciones de liquidar, hicieron aflorar las lágrimas en los ojos más varoniles. Los demás brindis estuvieron dedicados al doctor MELL, a la señora MICAWBER (que se inclinó graciosamente para dar las gracias desde la puerta lateral, donde una galaxia de bellezas se habían subido a las sillas para dar fe y servir de adorno de la encantadora escena); la señora RIDGER BEGS (antes señorita Micawber); la señora MELL, el señor WILKINS MICAWBER, HIJO (que causó la hilaridad de los presentes al señalar en tono festivo que se sentía incapaz de dar las gracias con un discurso, pero que, si le dejaban, lo haría con una canción); la familia de la señora MICAWBER (muy conocida, como todos saben, en la madre patria), etc., etc., etc. Una vez finalizado el acto, las mesas desaparecieron como por arte de magia para que pudiera empezar el baile. Entre los adoradores de TERPSÍCORE, que se divirtieron hasta que el sol dio la señal de retirada, destacaron especialmente Wilkins Micawber, hijo, y la hermosa e inteligente señorita Helena, cuarta hija del doctor Mell.


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