David Copperfield
David Copperfield No creo que haya podido existir jamás un hombre que disfrutara tanto con su profesión como el señor Creakle. Azotaba a sus alumnos con el mismo placer que si estuviera satisfaciendo un apetito voraz. Estoy convencido de que no podía resistir la tentación de propinar golpes, especialmente si veía ante sí a un muchacho regordete; éstos parecían ejercer sobre él una especie de fascinación que no lo dejaba descansar hasta que les pegaba y los dejaba marcados para todo el día. Yo era un niño rellenito, así que sé muy bien de lo que hablo. Cada vez que pienso en aquel hombre siento cómo me hierve la sangre en las venas, aunque mi indignación sea tan desinteresada como si hubiera conocido su modo de actuar sin caer nunca en sus manos; mas no por ello resulta menos violenta, pues sé que era un bruto y un ignorante, tan poco preparado para la noble misión que desempeñaba como para ocupar el puesto de lord almirante supremo o de comandante en jefe, cargos en los que con toda probabilidad hubiera ocasionado daños infinitamente menores.
Y nosotros, pequeños y miserables, buscando complacer a un ídolo despiadado, ¡de qué modo tan abyecto nos conducíamos ante él! Cuando vuelvo la vista atrás y lo recuerdo, ¡qué forma de iniciar una vida! ¡Mostrarnos rastreros y serviles con un hombre pretencioso y con semejante talento!