David Copperfield

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Cuando terminó este terrible exordio y Tungay se marchó con su pata de palo, el señor Creakle se acercó a mi pupitre y me dijo que también él era famoso por sus mordiscos. Me mostró entonces su bastón y me preguntó qué pensaba de aquel diente. ¿Era afilado? ¿Era suficientemente duro? ¿Se hincaría en profundidad? ¿Mordería bien? ¿Seguro que mordería bien? Y a cada pregunta me propinaba un golpe tan fuerte que no podía evitar retorcerme de dolor; y, de ese modo, no tardé en convertirme en un ciudadano de pleno derecho de Salem House (tal como Steerforth afirmó), aunque tampoco tardé en verme anegado en llanto.

Y no quiero decir con estas palabras que semejante tratamiento estuviera reservado sólo para mí. Al contrario, la mayoría de los alumnos (sobre todo los más pequeños) recibían idénticas muestras de atención, a medida que el señor Creakle recorría la clase. Antes de que empezara el trabajo del día, la mitad de los muchachos lloraban y se retorcían de dolor; y no me atrevo a recordar cuántos corrieron la misma suerte a lo largo de esa primera jornada, pues sin duda creerían que exagero.




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