David Copperfield
David Copperfield Cuando nos quedamos solos, recuerdo que nos miramos aturdidos los unos a los otros. En cuanto a mÃ, estaba tan arrepentido del papel que me habÃa tocado jugar en aquel incidente que si no rompà a llorar fue por temor a que Steerforth, quien me miraba a menudo, considerara poco amistoso, o más bien desleal –dada nuestra diferencia de edad y la admiración que yo sentÃa por él–, que yo mostrase la aflicción que me embargaba. Lo cierto es que él estaba muy enfadado con Traddles y dijo que se alegraba de que le hubieran castigado.
El pobre Traddles, que ya habÃa pasado su etapa de desaliento –con la cabeza apoyada en el pupitre–, y que se consolaba, como de costumbre, dibujando un regimiento de esqueletos, aseguró que le tenÃa sin cuidado lo que Steerforth pensara, y que habÃan sido muy injustos con el señor Mell.
–¿Quién ha sido injusto con él, jovencita? –inquirió Steerforth.
–Sin duda usted –repuso Traddles.
–¿Y se puede saber qué es lo que he hecho? –preguntó Steerforth.
–¿Que qué es lo que ha hecho? –exclamó Traddles–. Pues herir sus sentimientos y dejarle sin empleo.