David Copperfield
David Copperfield –¡Sus sentimientos! –repitió Steerforth con desdén–. Estoy seguro de que no tardará en sobreponerse. Sus sentimientos no son como los tuyos, señorita Traddles. En cuanto a su empleo (que estarás de acuerdo en que era magnÃfico), ¿acaso imaginas que no voy a escribir a mi casa para que le envÃen dinero? ¿Eh, nenita?
Nos pareció muy noble el propósito de Steerforth, cuya madre era una rica viuda, dispuesta, según decÃan, a hacer casi cualquier cosa que su hijo le pidiera. Todos nos alegramos mucho de que pusiera a Traddles en su sitio; y ensalzamos las virtudes de Steerforth, especialmente cuando se dignó contarnos que sólo habÃa actuado asà por nosotros y por nuestra causa, y que nos habÃa hecho un gran favor, al comportarse de un modo tan poco egoÃsta.
Pero he de confesar que aquella noche, en más de una ocasión, mientras relataba una de mis historias en medio de la oscuridad, la vieja flauta del señor Mell resonó lastimera en mis oÃdos; y, cuando Steerforth se sintió por fin cansado y me tendà en mi lecho, lo imaginé tocando en algún lugar una melodÃa tan triste que me sentà muy desdichado.