David Copperfield
David Copperfield Pero no tardé en olvidarlo, mientras admiraba a Steerforth, que, con la despreocupación del aficionado y sin ayuda de ningún libro (yo tenía la sensación de que lo sabía todo de memoria) se ocupó de alguna de sus clases hasta que encontraron un nuevo maestro. Éste llegó de un centro de enseñanza secundaria; y antes de entrar en funciones, el señor Creakle le invitó a almorzar para presentarle a Steerforth. Nuestro compañero dio su beneplácito y nos dijo que se trataba de un tipo excelente. Sin comprender demasiado bien lo que esto significaba, le respeté mucho por ello, y no se me ocurrió dudar de su excelsa sabiduría, aunque jamás se interesara por mí (y soy consciente de que yo no era nadie) como lo había hecho el señor Mell.
Sólo hubo otro acontecimiento en ese primer semestre que, por muchas razones, todavía hoy recuerdo conmovido.
Una tarde en que estábamos todos sumidos en una terrible confusión, hostigados por el señor Creakle, que daba golpes espantosos a diestro y siniestro, entró Tungay en la clase y gritó con su vozarrón de siempre:
–¡Visita para Copperfield!