David Copperfield

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El señor Creakle y él intercambiaron algunas palabras sobre quiénes eran los recién llegados y dónde les habían conducido; entonces yo, que me había puesto en pie al oír mi nombre, tal como era habitual, y que no salía de mi asombro ante la noticia, recibí la orden de subir por la escalera de detrás y de ponerme un cuello limpio antes de ir al comedor. Obedecí esas instrucciones con una impaciencia y un nerviosismo que jamás había experimentado antes; y, cuando llegué a la puerta del comedor y se me ocurrió pensar que podía ser mi madre –pues hasta entonces sólo había imaginado al señor y a la señorita Murdstone–, retiré mi mano del picaporte, y me detuve; se me escapó un sollozo antes de entrar.

Al principio, no vi a nadie; pero, al sentir que empujaban la puerta, miré y descubrí estupefacto al señor Peggotty y a Ham, que me hacían reverencias con el sombrero puesto, los dos muy apretujados contra la pared. No pude contener la risa; pero fue más por la alegría de verlos que por el aspecto que presentaban. Nos estrechamos cordialmente las manos; y me reí a carcajadas, hasta que tuve que sacar el pañuelo del bolsillo y secarme los ojos.

El señor Peggotty, que, según recuerdo, no cerró la boca ni una sola vez durante toda la visita, pareció muy preocupado al ver mis lágrimas, y le pegó un codazo a Ham para que dijera algo.


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