David Copperfield
David Copperfield –Porque le darÃa una gran alegrÃa a la señorita Murdstone –replicó.
–¡Qué mal carácter tienes, Peggotty! –declaró mi madre–. Tus celos de la señorita Murdstone resultan ridÃculos. Supongo que quieres guardar las llaves y ocuparte de todo. No me sorprenderÃa nada que fuera asÃ. Cuando sabes que ella lo hace sólo por generosidad y con las mejores intenciones. Lo sabes muy bien, Peggotty; lo sabes muy bien.
La pobre mujer masculló: «¡Al diablo con las buenas intenciones!», o algo parecido, y dio a entender que habÃa demasiadas buenas intenciones rondando por la casa.
–Sé perfectamente a qué te refieres, gruñona –dijo mi madre–. Tú sabes que lo sé, y tendrÃas que ponerte roja como una amapola. Pero cada cosa a su tiempo. Ahora estamos hablando de la señorita Murdstone, Peggotty, y no dejaré que te vayas por las ramas. ¿No le has oÃdo decir, una y otra vez, que soy demasiado atolondrada y demasiado…
–Bonita –sugirió Peggotty.
–Bien –prosiguió mi madre, medio riendo–, y si es tan necia para decir eso, ¿tengo yo la culpa?
–Nadie dice que la tenga –afirmó Peggotty.