David Copperfield
David Copperfield –¡Qué absurda eres! –afirmó mi madre–. Cualquiera dirÃa que estás deseando que nos visite por segunda vez.
–¡Dios nos libre! –exclamó Peggotty.
–Entonces sé buena conmigo y deja de hablar de cosas tan desagradables –dijo mi madre–. La señorita Betsey estará sin duda encerrada en su casa de campo junto al mar, y allà seguirá. De cualquier modo, no creo que vuelva a molestarnos nunca más.
–¡No! –respondió Peggotty, pensativa–. No creo que lo haga. Pero me gustarÃa saber si, en caso de morir, dejarÃa algo a Davy.
–¡Válgame Dios! ¿Acaso te has vuelto loca, Peggotty? Con lo mal que le sentó que el pobre fuera niño…
–Tal vez estarÃa dispuesta a perdonarlo ahora –insinuó la buena mujer.
–¿Y por qué motivo? –inquirió mi madre, con bastante brusquedad.
–Ahora que tiene un hermano, quiero decir.
Mi madre rompió a llorar, y reprochó a Peggotty que le dijera aquello.
–¡Como si este pobre inocente que duerme en la cuna hubiera hecho algún daño, a ti o a cualquier otro! –afirmó–. SerÃa mejor que te casaras con el señor Barkis, el carretero. ¿Por qué no lo haces?