David Copperfield
David Copperfield Peggotty estuvo zurciendo hasta que no pudo ver más; y se quedó con la media en la mano izquierda, como si fuera un guante, y con la aguja en la mano derecha, preparada para dar una nueva puntada en cuanto se avivara el menor rescoldo. No alcanzo a comprender de quién podÃan ser aquellas medias que Peggotty remendaba a todas horas, o de dónde surgÃan sin cesar; pues tengo la impresión de haberla visto siempre, desde mi más tierna infancia, ocupada únicamente en esa clase de labores de aguja, sin posibilidad de dedicarse a otras.
–Me gustarÃa saber qué habrá sido de la tÃa abuela de Davy –comentó Peggotty, que a menudo sentÃa curiosidad por los asuntos más inesperados.
–¡Dios mÃo, Peggotty! –exclamó mi madre–. ¡Qué tonterÃas dices!
–Tiene razón, señora, pero me gustarÃa saberlo –insistió.
–¿Y por qué se te ha ocurrido pensar en ella? –preguntó mi madre–. ¿No podrÃas haber escogido a otra persona?
–No lo sé –respondió Peggotty–. Quizá sea una estúpida, pero mi cabeza es incapaz de elegir a las personas sobre las que ha de pensar. Éstas van y vienen, a su gusto. Me gustarÃa saber qué habrá sido de ella…