David Copperfield

David Copperfield

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Nos sentamos junto al fuego y conversamos alegremente. Les conté lo severo que era el señor Creakle, y ellas se compadecieron de mí. Les conté lo admirable que era Steerforth, y cómo me protegía, y Peggotty dijo que sería capaz de andar veinte millas sólo para conocerlo. Cogí a mi hermanito cuando se despertó y lo acuné amorosamente entre mis brazos. Una vez que se hubo dormido, me acurruqué junto a mi madre –vieja costumbre, largo tiempo interrumpida–, rodeé su cintura con mis brazos y apoyé mi mejilla sonrosada en su hombro; y volví a sentir cómo su hermosa cabellera caía sobre mí como las alas de un ángel (recuerdo que me gustaba pensar aquello), y me sentí muy feliz.

Mientras estábamos así sentados, contemplando el fuego y admirando las extrañas figuras que formaban las brasas, llegué a pensar que jamás me había alejado de allí; que el señor y la señorita Murdstone sólo existían en mi imaginación, y se desvanecerían en cuanto el fuego se apagara; y que nada de lo que recordaba era real, excepto mi madre, Peggotty y yo.





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