David Copperfield
David Copperfield –¿Abandonarla? –continuó diciendo, después de que mi madre le diera las gracias–. ¡Eso quisiera ver yo! ¿Peggotty abandonarla? ¡Ni hablar! No, no, de ningún modo –afirmó, sacudiendo la cabeza y cruzando los brazos–; ella nunca harÃa eso. Aunque más de uno se alegrarÃa… Pero ella no les dará ese placer. ¡Que se fastidien! Me quedaré con usted hasta que sea una anciana malhumorada y gruñona. Y cuando esté demasiado sorda, demasiado coja, demasiado ciega, y apenas se entienda nada de lo que diga por la falta de dientes, y no sirva para nada, ni siquiera para que me regañen, entonces buscaré a mi Davy y le pediré que me deje vivir con él.
–Y yo me alegraré mucho –aseguré yo–, y te recibiré como a una reina.
–¡Que Dios le bendiga por su buen corazón! –exclamó Peggotty–. Sé que lo hará.
Y me besó con años de antelación para agradecer mi hospitalidad. Entonces volvió a taparse la cabeza con el delantal, y empezó a reÃrse otra vez de la historia del señor Barkis. Después, sacó al bebé de la cuna y lo durmió en sus brazos. Más tarde recogió la mesa y, tras cambiarse de cofia, vino con el costurero, con la cinta de medir y con el pedacito de cera, igual que antaño.