David Copperfield

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Vi que mi madre sonreía cuando Peggotty la miraba, pero su expresión se había vuelto seria y pensativa. Yo me había dado cuenta, nada más verla, de lo cambiada que estaba. Continuaba siendo hermosa, pero parecía preocupada y excesivamente frágil; sus manos, tan blancas y delgadas, eran casi transparentes. Sin embargo, el cambio del que hablo ahora se había producido en sus ademanes, que eran ahora nerviosos e inquietos.

–Peggotty, querida, ¿entonces no te casarás? –dijo finalmente, al tiempo que extendía su mano y la colocaba cariñosamente encima de la de su vieja criada.

–¿Casarme yo, señora? –respondió Peggotty, mirándola sorprendida–. ¡Bendito sea Dios! ¡Claro que no!

–¿Al menos por ahora? –preguntó mi madre con dulzura.

–Ni ahora ni nunca –replicó la buena mujer.

–No me abandones, Peggotty –le rogó mi madre, cogiendo su mano–. Quédate conmigo… quizá no sea por mucho tiempo. ¿Qué haría yo sin ti?

–Pero cómo iba a abandonarla yo, tesoro mío –exclamó Peggotty–. Por nada del mundo. Pero ¿quién le ha metido semejante tontería en su cabecita?

Pues Peggotty tenía la vieja costumbre de dirigirse a mi madre, en ocasiones, como si fuera una niña.


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