David Copperfield
David Copperfield –¿Qué haces, insensata? –dijo mi madre, divertida.
–El muy bribón –repuso Peggotty–, ¡quiere casarse conmigo!
–Pues serÃa un buen partido para ti, ¿no es cierto? –exclamó mi madre.
–¡Y yo qué sé! –respondió Peggotty–. No me hable de él, señora. No aceptarÃa su proposición, aunque estuviera fundido en oro. Ni la de él ni la de ningún otro.
–En ese caso, ¿por qué no se lo dices personalmente? –señaló mi madre.
–¿DecÃrselo personalmente? –contestó, apartando un poco el delantal–. Pero si jamás me ha hablado del asunto. Sabe muy bien que, si tuviera el atrevimiento de mencionarlo, se ganarÃa una bofetada.
Jamás habÃa visto un rostro tan colorado como el suyo en aquellos momentos; y, después de tapárselo con el delantal dos o tres veces más para disimular sus ataques de risa, siguió cenando.