David Copperfield
David Copperfield Al parecer, no me esperaban tan temprano, pues el carretero habÃa llegado antes de lo previsto. Según me explicaron, el señor y la señorita Murdstone habÃan ido a visitar a unos vecinos y no pensaban regresar hasta la noche. Era mucho más de lo que yo hubiera podido esperar. Jamás habrÃa creÃdo posible que los tres volviéramos a estar juntos, sin nadie que nos molestara; y en aquellos momentos sentà como si hubieran vuelto los viejos tiempos.
Cenamos delante de la chimenea. Peggotty quiso servirnos, pero mi madre se lo impidió y la obligó a sentarse con nosotros. Yo tenÃa mi viejo plato, en el que habÃa un buque de guerra pintado en color marrón con todas las velas desplegadas; Peggotty lo habÃa escondido durante mi ausencia, pues, según ella, no hubiera querido que se rompiese ni por cien libras. También tenÃa mi vieja taza, con mi nombre escrito en ella, asà como mi tenedor y mi cuchillo, que apenas cortaba.
Pensé que aquélla era una buena ocasión para hablarle a Peggotty del señor Barkis; pero, antes de que acabara de darle su mensaje, ella rompió a reÃr y se tapó la cara con el delantal.
–¿Qué te ocurre, Peggotty? –preguntó mi madre.
Ella se rió aún más y, cuando mi madre intentó quitarle el delantal, lo sujetó con más fuerza; era como si hubiera metido la cabeza en un saco.