David Copperfield
David Copperfield –No hablas, te contentas con insinuar. Es precisamente lo que acabo de explicarte. Se trata de tu peor defecto. Siempre estás insinuando algo. Te he dicho hace un momento que comprendÃa bien tus palabras, y ya ves que estaba en lo cierto. Cuando hablas de las buenas intenciones del señor Murdstone y finges despreciarlas (pues no creo que en el fondo de tu corazón sientas lo que dices), has de comprender, al igual que he hecho yo, que éstas son realmente buenas; y no olvidar que es un hombre que actúa siempre empujado por ellas. Si parece haberse mostrado muy severo con alguien (y estoy segura, Peggotty, y tú también Davy, de que sabéis que no me refiero a ninguno de los presentes), ha sido únicamente por su bien. Él, como es natural, quiere mucho a esa persona por consideración a mÃ, y sólo obra asà en su beneficio. Está mejor preparado que yo para juzgarla; pues soy una criatura débil, frÃvola e infantil, y él es firme, serio y sensato. Además, se preocupa mucho por mà –exclamó mi madre, mientras las lágrimas corrÃan por su rostro–, y yo deberÃa estarle muy agradecida y mostrarme siempre sumisa, incluso en mis pensamientos; y cuando no es asÃ, Peggotty, me arrepiento y me lo reprocho a mà misma, dudo de mis buenos sentimientos y no sé qué hacer.
Peggotty, con la barbilla apoyada en el pie de la media que estaba zurciendo, miraba silenciosa el fuego.