David Copperfield
David Copperfield –David –dijo un dÃa el señor Murdstone después de cenar, cuando me disponÃa a abandonar la sala, como de costumbre–, lamento mucho que seas tan huraño.
–¡Tan huraño como un oso! –añadió su hermana.
Me quedé inmóvil, y bajé la cabeza.
–Has de saber, David –prosiguió el señor Murdstone–, que no hay nada más terrible que un carácter huraño y obstinado.
–Y de todas las personas que he conocido con ese carácter, este muchacho es el peor –afirmó la señorita Murdstone–. Supongo, querida Clara, que incluso tú te has dado cuenta.
–Espero que me disculpes, mi querida Jane, y que no te ofendan mis palabras –respondió mi madre–; pero ¿estás segura de que comprendes a Davy?
–Me sentirÃa avergonzada de mà misma, Clara –dijo la señorita Murdstone–, si no comprendiera a este muchacho, o a cualquier otro. No presumo de inteligencia, apelo a mi sentido común.
–Jane, querida –exclamó mi madre–, no cabe duda de que posees una gran lucidez…
–No, por favor, Clara; no digas eso –protestó la señorita Murdstone, enojada.