David Copperfield
David Copperfield Tenía la impresión de que los demás se sentían tan incómodos conmigo como yo con ellos. Cuando entraba en una habitación donde estaban conversando y mi madre parecía alegre, bastaba que yo apareciera para que una nube de inquietud cruzase por su rostro. Cuando el señor Murdstone estaba de buen humor, yo le contrariaba. Cuando la señorita Murdstone estaba de mal humor, yo la irritaba aún más. Era suficientemente perspicaz para comprender que mi madre era siempre la víctima; que tenía miedo de hablarme o de mostrarse cariñosa conmigo, por temor a que se sintieran agraviados y la reprendieran más tarde; que no sólo le aterraba ofenderlos ella, sino que lo hiciera yo y, al menor movimiento mío, observaba sus rostros con alarma. Por ese motivo, decidí alejarme lo más posible de ellos; y fueron muchas las horas invernales que oí dar al reloj de la iglesia desde mi triste dormitorio, enfrascado en un libro, mientras me arrebujaba en mi pequeño sobretodo.
Por las noches, algunas veces me sentaba en la cocina con Peggotty. Allí me sentía bien y perdía el temor a ser yo mismo. Pero en el salón no lo autorizaban. El humor sombrío que allí reinaba se lo impedía. Me consideraban aún necesario para la educación de mi pobre madre, y no dejaban que me ausentara, pues servía para ponerla a prueba.