David Copperfield
David Copperfield –Mi querida Jane –balbució mi madre, algo turbada por la dureza de su voz–, los ojos del niño y los de David son exactamente iguales.
–¡Clara! –exclamó la señorita Murdstone, levantándose indignada–. A veces estás completamente loca.
–Jane, querida –musitó mi madre.
–Completamente loca –repitió–. ¿A quién más se le ocurrirÃa comparar el hijo de mi hermano con tu hijo? No se parecen en nada. Son completamente distintos. No tienen nada en común. Y espero que continúe siendo asÃ. No pienso quedarme aquà sentada mientras haces semejantes comparaciones.
Y se fue muy ofendida, dando un portazo.
En pocas palabras, la señorita Murdstone no me tenÃa en demasiada estima. Para ser más exactos, ni ella ni nadie en aquella casa, ni siquiera yo mismo; pues los que me querÃan, se veÃan obligados a disimularlo, y los que no, lo mostraban de un modo tan ostensible que yo tenÃa la penosa sensación de resultar siempre necio, torpe y grosero.