David Copperfield
David Copperfield Estaba lívida de horror; pero sacó fuerzas de flaqueza para abalanzarse sobre mí y quitármelo. Entonces cayó desvanecida; y se hallaba tan indispuesta que tuvieron que reanimarla con aguardiente de cerezas. Cuando recobró el conocimiento, me prohibió solemnemente que volviera a coger a mi hermano, bajo ningún pretexto. Mi pobre madre, aunque no estaba de acuerdo con ella, se amoldó a sus deseos.
–Sin duda tienes razón, querida Jane –exclamó, sumisa.
En otra ocasión en que estábamos los tres, el querido bebé –al que yo adoraba por mi madre– fue el motivo inocente de que la señorita Murdstone sufriera un arrebato de ira.
–¡Davy! ¡Ven aquí! –dijo mi madre, que había estado contemplando los ojos del bebé mientras lo tenía en su regazo.
Y miró los míos.
Advertí que la señorita Murdstone dejaba de ensartar las cuentas de su collar.
–La verdad es que son exactamente iguales –declaró mi madre con dulzura–. Supongo que los han heredado de mí, son del mismo color que los míos… En cualquier caso, son asombrosamente parecidos.
–¿De qué estás hablando, Clara? –preguntó la señorita Murdstone.