David Copperfield
David Copperfield –¡Oh! –exclamó la señorita Murdstone–. Entonces ya tenemos un dÃa menos.
Hizo, de ese modo, el calendario de mis vacaciones, y todas las mañanas tachaba un dÃa. Se mostró bastante malhumorada hasta el dÃa diez, pero cuando llegó a las dos cifras recobró la esperanza y, a medida que pasaba el tiempo, pareció incluso dichosa.
Y fue precisamente ese primer dÃa cuando tuve el infortunio de sumirla en un estado de profunda consternación, a pesar de que no era nada propensa a esa clase de debilidades. Entré en la habitación donde mi madre y ella se encontraban sentadas; el bebé (que sólo tenÃa unas semanas) estaba en el regazo de mi madre, y yo lo cogà amorosamente en brazos. De pronto, la señorita Murdstone lanzó tal grito de espanto que a punto estuvo de caérseme al suelo.
–¡Jane, querida! –exclamó mi madre.
–¡Dios mÃo, Clara! ¿Acaso no lo estás viendo? –se quejó la señorita Murdstone.
–¿Viendo el qué, mi querida Jane? –dijo mi madre–. ¿Dónde?
–¡Lo ha cogido en brazos! –gritó la señorita Murdstone–. ¡David ha cogido al bebé en brazos!