David Copperfield
David Copperfield Al dÃa siguiente, me causó desazón la idea de bajar a desayunar, pues no habÃa vuelto a ver al señor Murdstone desde mi famoso delito. Sin embargo, como no tenÃa más remedio, después de emprender dos o tres veces el camino, llegar a la mitad de la escalera y volver corriendo de puntillas a mi habitación, me armé de valor y entré en la sala.
El señor Murdstone estaba en pie, de espaldas a la chimenea, mientras su hermana preparaba el té. Al verme entrar, me miró fijamente, como si no me conociera.
Me dirigà a él, tras un momento de confusión.
–Le ruego que me perdone, señor. Lamento mucho mi conducta.
–Me alegra oÃr que estás arrepentido, David –afirmó.
Y me dio la misma mano que yo le habÃa mordido. No pude evitar que mis ojos se detuvieran unos instantes sobre la pequeña marca escarlata que habÃa en ella; pero mucho más enrojeció mi rostro, cuando me percaté de su siniestra expresión.
–¿Cómo está, señora? –dije a su hermana.
–¡Vaya por Dios! –suspiró la señorita Murdstone, dándome la cucharilla del bote de té, en lugar de los dedos–. ¿Y cuánto duran las vacaciones?
–Un mes, señora.
–¿A partir de cuándo?
–A partir de hoy.