David Copperfield

David Copperfield

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Después del té, cuando atizaron el fuego de la chimenea y espabilaron las velas, leí a Peggotty un capítulo del libro de los cocodrilos, en recuerdo de los viejos tiempos (ella lo sacó de su bolsillo; quizá lo tuviera allí desde mi marcha). Luego hablamos de Salem House, y eso me llevo nuevamente a Steerforth, que era mi tema favorito. Fuimos muy felices. Y el destino quiso que esa noche, la última que pasamos juntos, cerrara para siempre aquella etapa de mi vida; y jamás podrá borrarse de mi memoria.

Eran casi las diez cuando oímos las ruedas de un carruaje. Los tres nos pusimos en pie; mi madre se apresuró a decir que era muy tarde y que, como al señor y a la señorita Murdstone les gustaba que los niños se acostaran pronto, quizá sería mejor que me fuese a la cama. Le di un beso y subí inmediatamente las escaleras con mi vela, antes de que ellos entraran. Y, mientras me dirigía al dormitorio donde había estado cautivo, tuve la impresión –empujado, sin duda, por mi imaginación infantil– de que una corriente de aire glacial penetraba con ellos en la casa, llevándose para siempre, como si fuera una pluma, el sentimiento de nuestra vieja intimidad.




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