David Copperfield
David Copperfield –Tal como te estaba diciendo, David –continuó el señor Murdstone, volviéndose hacia mà con frialdad–, lamento mucho que tengas un temperamento tan huraño. Es una predisposición que no puedo tolerar que se desarrolle ante mis ojos, sin hacer nada por corregirla. Tienes que intentar enmendarte.
–Perdone, señor –balbucÖ. Desde mi llegada, jamás he tenido intención de mostrarme huraño.
–No te refugies en una mentira –exclamó, tan furioso que pude ver cómo mi madre extendÃa involuntariamente su temblorosa mano para interponerse entre los dos–. Tu retraimiento te ha hecho esconderte en tu habitación. Te has pasado allà las horas muertas, cuando tenÃas que haber estado con nosotros. Has de saber, de una vez para siempre, que requiero tu presencia aquÃ, no en tu dormitorio. Y que también te exijo obediencia. Ya me conoces, David; las cosas se harán a mi modo.
A la señorita Murdstone se le escapó una risita ahogada.
–Quiero una actitud respetuosa y solÃcita conmigo –prosiguió–, con Jane Murdstone y con tu madre. No permitiré que se rehúya esta estancia como si estuviera infectada, y todo por el capricho de un niño. Y ahora, ¡siéntate!
Me lo ordenó como si yo fuera un perro, y le obedecà como tal.