David Copperfield
David Copperfield –Y aún no he terminado –declaró–. He observado que te sientes atraÃdo por las compañÃas vulgares. No estoy dispuesto a permitir que te relaciones con los criados. La cocina no corregirá tus numerosos defectos. Y no quiero criticar a la mujer que te ampara allÃ, puesto que tú misma, Clara –explicó a mi madre, en voz más baja–, a consecuencia de viejos recuerdos y de antiguas quimeras, sientes por ella una debilidad que aún no has logrado superar.
–¡Lo cual es incomprensible! –se apresuró a señalar la señorita Murdstone.
–Sólo digo –continuó su hermano, dirigiéndose a mÖ que desapruebo que prefieras la compañÃa de la señorita Peggotty, y que tienes que renunciar a ella. Creo que me has comprendido muy bien, David; ya sabes lo que ocurrirá si no acatas mis órdenes al pie de la letra.
Lo sabÃa perfectamente, tal vez mucho mejor de lo que él imaginaba (sobre todo en lo que se referÃa a mi madre), y le obedecà sin rechistar. No volvà a retirarme a mi habitación, ni a buscar refugio en Peggotty; y me sentaba aburrido en la sala, dÃa tras dÃa, deseando que llegara la noche para irme a la cama.