David Copperfield
David Copperfield ¡Cuán penoso me resultaba quedarme en la misma postura durante horas y horas! No me atrevía a mover un brazo o una pierna para que la señorita Murdstone no se quejara de mi nerviosismo (como hacía con el menor pretexto), ni a levantar los ojos, por temor a tropezarme con una mirada hostil o escrutadora que encontrase algo más que reprocharme. Creía morir de aburrimiento: escuchaba el tictac del reloj; contemplaba cómo la señorita Murdstone ensartaba pequeñas y brillantes cuentas de metal; me preguntaba si algún día se casaría y, en ese caso, quién podría ser su desgraciado marido; contaba las molduras de la repisa de la chimenea; escudriñaba el techo, después de recorrer con la mirada los lazos y demás adornos del empapelado.
¡Cuántos paseos solitarios me vi obligado a dar por senderos embarrados, en medio del frío invernal! Siempre llevaba sobre mis hombros aquella sala, con el señor y la señorita Murdstone en su interior; una carga monstruosa de la que no podía liberarme, una pesadilla diurna que nada era capaz de disipar, un peso que embotaba mi inteligencia y me embrutecía.
¡Cuántas comidas en medio de un silencio embarazoso, siempre con la impresión de que sobraban unos cubiertos, los míos; un apetito, el mío; un plato y una silla, los míos; una persona, yo!