David Copperfield

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–Pronto estará bien, señora –contestó el señor Chillip–. Todo lo bien que puede estar una madre joven en una situación tan dolorosa. Nada le impide subir ahora a verla, señora. Puede que le haga bien.

–¿Y ella? ¿Cómo está ella? –preguntó mi tía secamente.

El señor Chillip ladeó un poco más la cabeza y miró a la señorita Betsey como si fuera un simpático pajarillo.

–El bebé –insistió mi tía–. ¿Cómo está la niña?

–Señora –repuso el médico–, pensé que ya le habían dado la noticia. Es un niño.

La señorita Betsey no pronunció una sola palabra, pero cogió su sombrero por las cintas, como si se tratara de una honda, e intentó golpear la cabeza del señor Chillip; se lo puso entonces de mala manera, salió de la casa y nunca regresó. Se esfumó igual que un hada descontenta; igual que uno de esos seres sobrenaturales que, según la creencia popular, yo tendría el privilegio de ver; y lo cierto es que jamás volvió.


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