David Copperfield

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–Me alegra darle la enhorabuena, señora –dijo amablemente.

–¿Por qué motivo? –inquirió ella en tono autoritario.

El señor Chillip volvió a sentirse desconcertado ante la severidad de mi tía, así que decidió hacerle una ligera reverencia y dedicarle una pequeña sonrisa para apaciguarla.

–¡Válgame Dios! Pero ¿qué le pasa a este hombre? –gritó mi tía con impaciencia–. ¿Acaso no sabe hablar?

–Debe tranquilizarse, querida señora –aconsejó el señor Chillip bajando la voz–. Ya no hay razón para que siga inquieta. Cálmese, señora.

Siempre se ha considerado casi un milagro que mi tía no lo zarandeara hasta sonsacarle lo que deseaba saber. Se limitó a mirarlo con aire amenazador.

–Verá, señora –prosiguió el señor Chillip, en cuanto reunió valor suficiente–. Me alegro de darle la enhorabuena. Todo ha ido bien, señora.

Durante los cinco minutos, aproximadamente, que el señor Chillip tardó en pronunciar esta frase, mi tía no le quitó los ojos de encima.

–¿Cómo se encuentra ella? –inquirió la señorita Betsey, mientras cruzaba los brazos con el sombrero aún atado a uno de ellos.


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