David Copperfield
David Copperfield No lo lamenté. Me hallaba sumido en una especie de letargo; pero empecé a animarme poco a poco, impaciente por ver a Steerforth, aunque la sombra del señor Creakle estuviera tras él. El señor Barkis volvió a detenerse junto a la entrada, y la señorita Murdstone exclamó nuevamente con severidad «¡Clara!», cuando mi madre se inclinó para despedirme.
Le di un beso a ella y otro a mi hermanito, y me sentí muy desdichado; pero no por tener que marcharme, pues el abismo que ya existía entre nosotros nos obligaba a separarnos todos los días. Y no fue el abrazo que me dio lo que aún pervive en mi memoria, a pesar de su enorme ternura, sino lo que sucedió a continuación.
Estaba ya en el carro, cuando oí que mi madre me llamaba de nuevo. Asomé la cabeza y allí estaba, sola junto a la verja del jardín, levantando al bebé en sus brazos para que yo lo viera. Hacía mucho frío, pero el viento estaba en calma; y no se movió ni un cabello de su cabeza ni un pliegue de su vestido, mientras me miraba fijamente con su niño en alto.
Así la perdí. Y así la volví a ver más tarde en sueños, en el internado: una presencia silenciosa junto a mi lecho, que me miraba fijamente con su bebé en brazos.