David Copperfield
David Copperfield Le di la mano, preguntándome quién serÃa, y nos dirigimos a una tienda situada en un callejón, en cuya entrada podÃa leerse: «Omer, PañerÃa, SastrerÃa, MercerÃa, Pompas Fúnebres». Era un pequeño comercio estrecho y agobiante, atiborrado de toda clase de vestimentas –confeccionadas y sin confeccionar– y con un escaparate lleno de gorros de castor y otros sombreros. Entramos en una trastienda diminuta, donde tres mujeres jóvenes trabajaban en una gran variedad de tejidos negros, amontonados encima de la mesa; habÃa innumerables recortes y retales desparramados por el suelo. Un buen fuego ardÃa en la chimenea y el olor a crespón negro resultaba casi irrespirable. Entonces ignoraba qué despedÃa ese hedor, pero ahora lo sé.
Las tres jóvenes, que parecÃan muy diligentes y felices, levantaron sus cabezas para mirarme y continuaron su trabajo. Daban una puntada tras otra. Al mismo tiempo, desde un taller al otro lado del pequeño patio que se veÃa por la ventana, llegaba un martilleo constante que parecÃa marcar una especie de compás: rat… tat-tat, rat… tat-tat, rat… tat-tat, sin la menor variación.
–¿Qué tal vais, Minnie? –preguntó mi guÃa a una de las muchachas.
–Tendremos todo listo para la hora de la prueba –contestó alegremente, sin apartar los ojos de su labor–. No se preocupe, padre.