David Copperfield
David Copperfield Abandoné Salem House al dÃa siguiente por la tarde. ¡Qué poco imaginaba entonces que jamás regresarÃa! Viajamos con gran lentitud durante toda la noche, y no llegamos a Yarmouth hasta las nueve o las diez de la mañana siguiente. Busqué con la mirada al señor Barkis, pero no estaba allÃ; en su lugar vi a un hombrecillo mayor, grueso, corto de resuello, de aspecto jovial y vestido de negro, que llevaba los pantalones atados en las rodillas con gastados cintajos, medias negras y sombrero de ala ancha. Se acercó jadeando a la ventanilla del carruaje.
–¿Señor Copperfield? –inquirió.
–SÃ, señor.
–Le ruego que me acompañe, joven caballero –dijo abriendo la puerta–. Tendré el placer de llevarle a casa.